Maravilloso acierto de animación, tragicómicamente triste y conmovedor.
Si Jacques Tati hubiera rodado su propio guión en carne y hueso, no habría tenido tanta fuerza. En cambio Sylvain Chomet, al que ya conocía por el encantador corto de los mimos, le sale una obra inigualable.
El ilusionista (L’illusionniste), 2010.